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lunes, 23 de junio de 2008

El eterno retorno, toma cuatrocientos treinta y siete

I
- Y dale. Voy. Estaré en una hora más o menos.

II
- ¿Vino? ¿Gancia? ¿Fernet?
- Ehmm... fernet. Sí, fernet.

III
- Mejor me voy a mi casa, estoy como inquieta.
- ¿Cómo que a tu casa? ¡Quedate!
- No... mejor me voy. Quiero dormir en mi cama.

IV
- ¿Estás mejor ahora?
- Sip. Pero igual me voy a llamar un taxi.
- Noooo. Dale, quiero que te quedes.
- No me mires con esa cara de Bambi.

V
- ...
- ...
- Qué mano chiquita que tenés.
- Sí...
- ...

VI

- ¿De qué te reís?
- De vos.
- Es que había pasado tanto tiempo... Me había olvidado de lo bueno que estaba.
- Jajajaja.
- Sos el mejor amigo del mundo.
- ¿Viste?

lunes, 12 de mayo de 2008

Desprendimiento

Un día después de que me invitara a su casa por mensaje de texto, acepté por la misma vía. Ayer, Domingo de sol, me tomé el 168 que va para Puente Saavedra a las 5 de la tarde, me bajé en Cabildo y no sé cual otra y caminé dos cuadras, tosiendo. Esa tos de nervios, de hace 4 meses que no te veo y me muero de miedo.
De repente, pumba, eran las 9 de la noche. De repente de vuelta, eran las ya las 12.
Nos fuimos a dormir a la 1 y media. Dormir y nada más, yo en el living, él en su cuarto.
Tal vez sea eso, él es el hombre que nunca nunca me va aburrir, que me puede tener hablando y escuchándolo durante 8 horas, sin parar y sin que casi me dé cuenta del paso del tiempo. Y punto, nada más, sin deseo, sin el bombardeo constante de imágenes perversas, sin las ganas de tirármele encima.
Y mientras iba para mi casa hoy a la mañana, mientras el sol me daba en la cabeza, Dios, qué alivio.

martes, 6 de mayo de 2008

Mi nombre es Celeste, y soy adicta

Nadie se da una idea de lo que me está costando no estar en contacto con Mr. Blonde. Nadie. Bueno, tal vez sí, pero no se nota.
Primero, creo que no estoy conociendo a nuevos muchachos porque lo primero que hago cuando aparece algún potencial candidato, es compararlo con el otro. Y claro, como me pongo en rompebolas, nadie lo iguala en carisma, talento y capacidad para hacerme reír. Loco, porque, al menos durante el último tiempo de nuestro "vínculo", cualquiera me parecía mejor que el susodicho. Todos la tenían más clara, estaban más en contacto con sus sentimientos y me trataban 100 veces mejor. Resolución: dejar de buscarle la quinta pata al gato.
Segundo, que la venía llevando más o menos bien hasta que el maldito me agregó al facebook. Entonces empezó mi labor investigativa. Qué quién le mando tal test, que qué es eso de poner una lista de las más "desirable to date" y que yo aparezca en el podio, que qué significan esos mensajes personales que no entiendo, que cómo que agregaste a tu ex novia -quien btw no es tan linda como decías que era -, que por qué comparás tu movie taste con el mío y todas esas pelotudeces de adolescente Rebelde Way con un dedo y medio de frente. Me parte el corazón saber que se está mudando y que yo no voy a conocer esa nueva casa, me angustia saber que su vida sigue adelante mientras yo, nada, mientras yo le espío el perfil de FB para saber en qué anda. Resolución: darle de baja al Facebook (cosa que hice hace 10 minutos).
Tercero, que una amiga mía trabaja con su papá. Claro, de qué carajo me sirve no tenerlo en el msn o el Facebook si total me entero por mi amiga. Cada vez que la veo me salta con un "¿te puedo contar algo?" de la nada. Y yo qué puedo hacer. Asumo que mi amiga es mi amiga porque me quiere y me cuida. Asumo que no me cuenta todo lo que sabe porque maneja información perjudicial para mi salud mental. Asumo que me cuenta solamente las cosas más boludas para que tampoco hagamos como si ninguna de las dos lo conociese. Resolución: pedirle por favor a mi amiga que renuncie a su trabajo re copado en el que le pagan re bien.
Cuarto, que sueño todas las noches con él. Todas. Y todos los sueños son iguales, cambia el escenario pero nunca la situación: él invadiendo mis espacios y yo enloqueciendo. Que se viene a vivir a una casa enorme donde yo vivo con mucha gente y lo veo salir de la ducha con sólo una toalla en la cintura, que llama a mi casa para preguntarle cosas a mis roomates y yo escucho toda la conversación desde mi cuarto y me quiero suicidar, que se pone a salir con una ex compañera de trabajo y lo espío detrás de una cortina llorando como desquiciada. Me despierto con nudos en la garganta, con ganas de llorar, triste, sientiéndome una perdedora. Resolución: empastillarme cada noche para dormir sin soñar.
Quinto, que trato de tomármelo con humor, pero la realidad es que me preocupa no poder superar todo este asunto. Digo, no es que quiera volver a enamorarme de él, y que él se enamore de mí y que tengamos muchos niñitos pelirrojitos jugueteando en la pradera, un volvo, la cerca blanca y el labrador color té con leche. Tampoco quiero que vayamos tomados de la mano por la plaza, presentárselo a mis padres o que vayamos a reuniones de amigos presentándonos como pareja. No quiero nada de eso, asco, no. Quiero que desaparezca, que me hagan una lobotomía, despertarme, y no tener registro de su existencia; que me hipnoticen para borrar todos los recuerdos que lo incluyan; darme un golpe en la cabeza y que me dé amnesia. Resolución: ¿volver a terapia?

sábado, 5 de abril de 2008

A veces me gustaría tener un Ctrl+f en el cerebro

- Si hay algo que usted tiene, señorita, es criterio... aunque a veces no lo use.

Y con esa sola frase, hizo que pudiera dormir tranquila esa noche. No por el significado de lo dicho, claro está, sino por sentir que él sigue siendo el mismo en ciertas cosas, aunque no nos veamos.
Como un objeto transicional, como el ancla temporal que precisa Desmond para no enloquecer, como necesitar que las plantas y cuadros del analista estén en el mismo lugar todas las sesiones.
Necesito saber que sigue existiendo, que me sigue haciendo reír. Vamos, que proyecté en él toda mi fe en la humanidad durante un par de años; es como esas parejas perfectas que conocés y hacen que creas que se pueden tener relaciones sanas y placenteras, si la pareja se separa, hay como un cortocircuito, tu visión de las cosas se desmorona un poco. Bueno, si él dejara de hacerme reír, no me generara más ternura o no me bardeara cruzando la barrera de lo sutil, dejaría de ser él.
Y yo, yo también dejaría de ser yo.

jueves, 27 de marzo de 2008

Agarrate, Catalina

Me pasa esto un par de veces al año. O tal vez no, pero necesito encontrar patrones en absolutamente todo, así que elijo creer que lo que me está pasando en este momento es lo mismo que sentí en julio y en noviembre de año pasado. Si no categorizo y organizo, siento que las cosas se me descontrolan del todo y es para peor.
Lo que me pasa un par de veces por año, entonces, es que me desquicio por completo. Así, déjé varias veces mi carrera (abandonando por la mitad materias que estaban practicamente aprobadas), me fui de la casa de mis viejos (dejando ahí cantidades de ropa y libros que mi madre se encargó de ir reduciendo), abandoné trabajos (sin siquiera pasar a buscar la liquidación final), terminé relaciones que me hacían bien (argumentando que no estaba para relaciones), empecé relaciones que me hicieron muy mal (argumentando que no eran relaciones, sino vínculos experimentales en los que no me iba a involucrar sentimentalmente). Y sé, tengo más o menos identificado cómo es que empieza todo. Primero, empiezo a elevar el nivel de cagadas por día. Más o menos calculo que en la época "normal" del año, me mandó un promedio de 1 cagada cada dos días. Consideremos "cagada" a cualquier cosa que hago sin pensar pero sabiendo que va a traer consecuencias negativas para mí o para los que me rodean. O sea, sé que puede hacerme mal pero igual lo hago, porque en ese momento no me importa nada. Nada de nada.
Al principio es leve, digamos que todo empieza con una cagada por día. Entonces, no pago la luz aún cuando llegó la intimación de Edesur, pero les sigo diciendo a las chicas "pero no, dejen que lo pago yo mañana"; no ordeno mi cuarto en semanas, tirando al suelo todos los papeluchos que amontono en la cartera, obligándome a vivir en un chiquero de botellas vacías de coca light, envoltorios de oreo bañadas con el chocolate derretido contra el piso (bueno, esto tal vez no se ajusta al concepto "cagada", pero está clarísimo que no ayuda ni un poco); procastino, procastinación se convierte en mi segundo nombre, o tercero, el segundo es Celeste; empiezo a buscar todos los teléfonos de los tipos que ya no están conmigo, porque claro, siempre los borro del celular, pero sólo porque sé que ese numerito quedó en algún papelucho dentro de un libro, un mail, o mi memoria; mando mails ambiguos y confusos del estilo "¿cómo se llamaba esa película que vimos tal día en tal lugar?" a los muchachos que no veo hace mucho y con quienes la relación se cortó por simple inercia; mando mails estúpidos y obvios del estilo "che, anoche tuve un sueño y me acordé de vos, cómo andás?" a los muchachos que me rompieron el corazón.
Después, la cosa se pone más espesa, porque la ansiedad se empieza a apoderar de todos mis actos. Voy al supermercado a comprar papel higiénico y termino con 10 bolsas con porquerías que voy a tardar 3 meses en comer. Reviento la tarjeta de crédito sabiendo bien que pongo todo mi presupuesto del mes siguiente en peligro. Trato mal a todo el mundo y les voy marcando las cosas que sé que les hacen mal (a mi hermana la acuso de frívola, a mi abuela de loca, a mi papá de pasivo-agresivo, a Flor de palermista, a Dedé de víctimizarse, a mi mamá de distante). Me encierro a leer durante días. No atiendo el teléfono. No saludo a los vecinos. No sonrío. No disfruto de nada, sólo me regocijo en una angustia de lo más pelotuda. Si alguno de los que recibieron mis mails, responde, se tiene que comer mi histeria o mi frialdad, lo que sea que me surja en el momento. Me emborracho mucho. Miro demasiadas películas. A esta altura, más o menos todo lo que hago entra en la categoría "cagada".
Ayer, llegué a casa medio borracha y abrí una Otro Mundo que tenía reservada en la heladera para cuando llegara Flor de Israel. Me la tomé en la cama mientras comentábamos con Nat cómo nos calienta Tony Soprano, cómo nos falta que un hombre enorme, con porte de oso, nos estampe contra una pared para manosearnos, cómo nos falta un poco (un poco nada más) de romance. Después me subí un fernet con coca a mi cuarto y manotée el celular. Y con ese simple acto, di por comenzada la temporada de desquicio, autodestrucción, y abandono de terapia.

Qué miedo, mamá.